Debut de jóvenes pelotaris en Salamanca

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Debut de jóvenes pelotaris en Salamanca

1 Comment 31 enero 2014

Debut de jóvenes pelotaris en Salamanca

José Agustín Larrañaga

Hace ya algunos años tuve algunas charlas con expelotaris veteranos de cesta punta, entre los que se encontraban cuatro que habían debutado como pelotaris durante la guerra civil española en Salamanca, sin que hubieran cumplido 16 años de edad. Estos pelotaris eran el eibartarra Lucio Barrenetxea y los markiñarras José Mª Laca, Imanol Ibarlucea y José Luis Mandiola. Hoy, que me dispongo a contar las peripecias de aquellos jóvenes inexpertos en la capital salmantina, ya no están entre nosotros, porque se nos han ido todos.

Pero en su recuerdo, relataré lo que amigablemente me contaron de sus pequeñas vivencias en Salamanca. En plena guerra civil española, octubre de 1937, vino a Eibar y Markina, el Intendente del Frontón Tormes de Salamanca, Sr. Macua, para contratar a chavales pelotaris de cesta punta, quienes jugarían en los partidos y quinielas que se disputaban en dicho frontón, cuyo empresario era D. Elpidio Sánchez. Se jugaba diariamente. El frontón estaba situado en la céntrica calle Vázquez Coronado, 2, muy cerca de la Plaza Mayor. Era pequeño, cuya cancha tenía entre 29 y 32 metros de largura, y estaba cubierto.

Los chavales que contrató el Intendente, eran de edades entre los 13 y 16 años: Fermín Muguerza, José Bilbao “Axpe”, José María Laca, Sabín Duralde, Martín Aldecoa, Imanol Ibarlucea, José Luis Mandiola, Gregorio Pradera, Fernando Azpiri, Sabino Barruetabeña, José María Muñoz, Rufino Laca, Perico Recalde, Luisito Celaya, Antonio Barrutia, Ikaran, Julián Arrate, Miguel Larrinaga, Lucio Barrenechea, Jesús Cortazar, Vicente Isasa, Periquín Gómez y algunos más. De los pelotaris que acabamos de señalar, todos eran de Markina, excepto los eibarreses Lucio Barrenetxea y Jesús Cortazar, y el oñatiarra Vicente Isasa.

Entre los jóvenes pelotaris, había algunos veteranos: Santiago Urizar “Santichu”y Julián Arrate. Para cuidar la seguridad y comportamiento del grupo de chavales fue contratado Jenaro Arrate “Txorixe”, también de Markina, que de joven fue pelotari y más tarde intendente de algunos frontones. Una de las primeras acciones de Jenaro Arrate fue que los chavales al mismo tiempo que se dedicaban a la pelota, asistieran a clase en un colegio, para que fueran formándose culturalmente.

En aquella época de la guerra civil asistía mucho público al frontón, mayoritariamente militar. Pero, poco les duró esta primera experiencia a los jóvenes pelotaris, ya que cuando sólo llevaban jugando mes y medio, la empresa tuvo que prescindir de los pelotaris menores de 16 años, al recibir muchas quejas por el hecho de que no eran aptos para actuar en partidos donde había apuestas con corredores. Mes y medio más tarde, también fueron eliminados los pelotaris que se habían quedado, entre ellos el eibarrés Jesús Cortazar. Fueron reemplazados todos ellos por señoritas raquetistas.

Años más tarde, el frontón fue convertido en cine. El período corto de tiempo que los jóvenes pelotaris estuvieron en Salamanca, estuvo salpicado de divertidas anécdotas propias de la juventud inexperta. Relataremos algunas de estas anécdotas, ya que no podemos hacerlo de hazañas pelotísticas: Una de las anécdotas sucedió cuando los jóvenes pelotaris asistieron al funeral de la mujer de uno de los socios de la empresa del frontón. Cuando llegó la hora de dar el pésame al viudo, se les dijo a los jóvenes pelotaris que también lo hicieran ellos. Poco o nada acostumbrados a cumplir con estos requisitos, cada cual puso su mejor intención en cumplir con este deber cívico, y cada uno tuvo que ir improvisando su pésame particular, por lo que allí se escucharon algunas “enhorabuenas”, entre otras cosas. ¡Qué pensaría el pobre viudo!

Entre los jóvenes pelotaris era una constante, desde que llegaron a Salamanca, el quejarse de casi todo, sobre todo de las comidas y también de las bebidas. Todo lo diferente a lo que estaban acostumbrados, era malo para ellos, como por ejemplo, el sabor a laurel en las comidas. Y eso, a pesar del apetito que tenían en plena guerra civil, en la que escaseaban los alimentos. No conformes con el vino que les servían en las comidas, llevaron un botellín del “imbebible” vino al frontón, para protestar ante la empresa. Mientras llegaba el momento oportuno para presentar su protesta, colocaron el botellín –ya abierto- encima de una taquilla (armario) en el cuarto de pelotaris. Pasaron algunos días sin que nadie se acordara del botellín, hasta que el pelotari “Axpe” entró en el cuarto de pelotaris después de haber jugado un partido, y al ver el botellín de la protesta, les dijo a sus compañeros: “A que bebo el vino ese, sin tocar el botellín con las manos”. Ante la cara de incredulidad que ponían los demás pelotaris, hizo que colocaran el botellín en el suelo, y acto seguido comenzó la improvisada operación ante la extrañeza de sus compañeros. “Axpe”, se agachó hasta la altura donde estaba el botellín en el suelo, introdujo la punta del botellín en su boca y lo sujetó con los dientes, acto seguido se fue elevando al mismo tiempo que volteaba el botellín para arriba y… ¡glub¡ ¡glub¡ ¡glub¡, hasta finalizar el menospreciado líquido. Ante esta demostración, los jóvenes pelotaris se quedaron sin argumentación para protestar ante la empresa, de la mala calidad del vino.

Siguiendo con las quejas sobre las comidas, había un plato que les causó gran rechazó: los chipirones en su tinta. Los jovenzuelos torcían el morro como señal de desconfianza ante lo que les ofrecían, una comida muy negra que nunca habían visto. Uno de los que más protestaron fue Laca, quien decía que aquello se parecía más a “galipot”,  que a una comida; y a otros les parecía txakur kotzak (excrementos de perro). Pero dentro del grupo de los pelotaris había uno, Luisito “Prakamán”, que se comía su ración sin hacer aspavientos, y la de su compañero de al lado, haciendo caso omiso de las opiniones de los “miskiñes” (escrupulosos o de poco apetito).

Otra prueba de la inexperiencia de los chavales ocurrió cuando jugándose un partido, la pelota tocó la pared izquierda y se fue abriendo mucho, dando la sensación de que botaría en la contracancha, pero a pesar de esto el pelotari oponente se dispuso a encestarla, lo cual hizo que desde el público le dijeran sus otros compañeros: “!Utxi! ¡Utxi!” (¡Deja! ¡Deja!). Y efectivamente, el inexperto cumplió con la recomendación a su manera, pues encestó y paró la pelota, y luego la depositó suavemente en la contracancha, creyendo que así iban a dar falta a los contrarios porque la pelota iba fuera. Pero…….el que perdió el tanto fue él. En un día de clase en el colegio donde estudiaban los jóvenes pelotaris y otros alumnos de la capital salmantina, después de que el profesor diera una lección de Historia sobre la famosa batalla de “Las Navas de Tolosa”, se dirigió a uno de los jóvenes pelotaris para que le explicara algún detalle sobre el tema tratado. Al responder éste, se refirió a algo relacionado con los “nabos” de Tolosa, con el consiguiente revuelo general. Nos podemos imaginar la que se armó allí, en aquel ambiente culto de Salamanca, donde está la famosa Universidad.

Me contó Lucio Barrenetxea, que en el corto espacio de tiempo que estuvieron en Salamanca, tuvo ocasión de conocer y tratar con el torero Curro Caro, quien estando haciendo la mili en Salamanca, asistía al frontón y entabló amistad con los pelotaris. Un día que el torero estaba presenciando los partidos, otro militar de graduación superior le recriminó por no llevar uniforme militar, y fue castigado a calabozo. Allí fue recibiendo las visitas de sus amigos pelotaris, entre los que se encontraba Lucio. En el calabozo, Curro Caro les decía a los pelotaris que el militar que le había castigado, algún día se iba a acordar de él, como diciendo que se iba a vengar de alguna forma.

Pero las bravatas del torero terminaron en nada, pues nunca pasó nada. Algunos años más tarde, Curro Caro siguiendo con su afición a la pelota, conoció en un frontón de Madrid a la raquetista eibarresa Maritxu Lasuen, con la cual se casó después. En los años cuarenta, era habitual verle a este torero en compañía de su mujer en Eibar. Sabemos que Maritxu vivía no hace mucho tiempo en Madrid. Pero la historia siguió después, porque todos ellos jugaron en distintos frontones del mundo, distinguiéndose Rufino Laca, Imanol Ibarlucea y Lució Barrenetxea, que llegaron a jugar en cuatro continentes, excepto en Australia, donde no había ningún frontón. Llegaron a ser pelotaris destacados: Fermín Muguerza, J. Mª Laca, Martín Aldecoa, J. Luis Mandiola, Gregorio Pradera, Fernando Azpiri… José Agustín Larrañaga

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Ser Y Parecer

No Comments 05 enero 2014

SER Y PARECER

De todos es conocido que los frontones industriales viven de las apuestas. La pelota profesional no hubiera existido, ni existiría, sin apuestas. En cualquier entidad en la que se maneje dinero, y más en forma de apuestas, la honradez y la seriedad tienen que ser extremas. Pero es que además de ser tiene que parecer que esto es realidad.   No está de más recordar la frase: “La mujer del César no sólo tiene que ser honrada sino parecerlo”, que se ajusta exactamente a las demandas del buen funcionamiento de un frontón industrial.

Dentro de esa frase existen dos verbos (SER y PARECER) que tienen un significado totalmente diferente pero que, en este mundo que nos ocupa, van cogidos de la mano o por lo menos deberían hacerlo.

Si nos referimos al verbo SER no habrá ninguna discrepancia en cuanto a su significado. Como en todas las profesiones que existen la honradez no es una virtud, sino una obligación. Han existido pelotaris que se han escapado de esta exigencia pero, sin duda, han representado la excepción, no han llegado a manchar tal insigne profesión.   A propósito de la conducta del pelotari, D. Pedro María Beleztena decía: “Al vestir el traje blanco de pelotari, debes hacerlo con la dignidad de un sacerdote al revestirse de sus ropas talares”.

Algunos lectores se preguntarán: ¿por qué un palista profesional tiene que PARECER honrado, si ya lo es? La respuesta es simple: las personas que alimentan un frontón industrial son las que juegan dinero y por ello se les deberá corresponder con la honradez personal y transmitir la idea de que esa honradez es, asimismo, la guía por la que se rige esa empresa. El apostador de frontón, como todos los apostadores, generalmente es una persona recelosa: el dinero es la causa. Tenemos que darle motivos para que no lo sea; mejor dicho, vamos a no darle para que lo sea. ¿Cómo? Con unas reglas básicas, escasas pero importantes: que el pelotari dé en la cancha todo lo que tiene, desde el primer tanto hasta el último; que juegue con la misma seriedad, vaya como vaya el tanteador (que no parezca un palista “taquillero”); que juegue con las mismas ganas un partido estelar que uno “telonero”, un partido de campeonato que uno de los llamados “de empresa”.

En realidad, todo se resume en una sola cosa: ¡que cumpla con su obligación! Todo ello se refiere a la conducta del palista dentro de la cancha.   ¿Y fuera de ella? Es evidente: tiene que parecer honrado; que no alterne con “puntos” (está prohibido); que lleve una vida acorde con la que se espera de un deportista profesional. Mirándolo bien todo es cuestión de credibilidad. ¿Por qué a un determinado pelotari el público le chilla cuando pierde una pelota y calla ante otro, aunque falle cuatro seguidas? ¿Por qué esta diferencia en cuestión de credibilidad entre él y público? Tienen la credibilidad a la que se han hecho acreedores con sus actuaciones, tanto en la cancha como fuera de ella.

Ilustraremos con algunos ejemplos de lo que el verbo parecer puede significar entre el público. Los ejemplos del verbo ser son innecesarios. Supongamos que un pelotari va ganado por 10 tantos de diferencia, se relaja (muchas veces de manera involuntaria) y empieza a jugar queriéndose adornar, intentando hacer diferentes jugadas o entrando a la pelota de una forma indebida. Supongamos también que por ese proceder la pareja contraria le iguala el partido. ¿Qué pensará el público? Con toda seguridad: “que se ha dejado igualar”.

Un segundo ejemplo: supongamos que a 44 iguales un delantero tiene una pelota a placer en el cuadro cuatro y, queriéndose lucir, tira la pelota a 2 paredes con tan mala suerte que ésta pega en el colchón. Ahora supongamos que con el mismo tanteo, otro palista en lugar de tirar a 2 paredes pega un pelotazo tremendo con tan mala fortuna que la pelota pega en el cuadro diez en la chapa de la pared izquierda. ¿Hay alguna persona que piense que esos dos pelotaris han obrado con la misma seriedad? Los dos han perdido el tanto y el partido; pero, ¿lo han hecho de la misma forma? Los dos “han sido” igual de serios, los dos han querido ganar el partido; pero, ¿los dos “han parecido” igual de serios? Recapacitemos un poco y veremos cómo la contestación a esta pregunta es diferente.

Leamos un escrito ya alejado en el tiempo, de D. Daniel Rodríguez (“Leinad”), a propósito de la honradez en los frontones: “El tongo no es sólo el venderse un pelotari; es todo aquello que defrauda las esperanzas del público. Defrauda el pelotari enfermo que sale a la cancha para poder cobrar su premio. El que durante un partido se sienta con frecuencia sin estar cansado. El que abandona la cancha bajo pretexto de cambiarse de camisa o de alpargatas… El que dirige cargos al compañero del partido. El que juega con poco interés y mucha desigualdad”.   Llegado este momento, hay que recordar la gran importancia que tiene la figura del Intendente, mejor dicho tenía, ya que hoy en día la figura del Intendente prácticamente pasa desapercibida.

En un frontón se juega como quiere o como permite el Intendente. Ésta es una frase muy antigua que siempre se corresponde con la realidad. Y también sería bueno recordar que un Intendente no es bueno o malo por la cantidad de partidos igualados que pueda programar. Un Intendente es bueno por la disciplina y la seriedad que impone en un frontón. Todos ellos se equivocan en algunos partidos, en la elección de algunas pelotas y en la distancia de algunos saques; pero en lo que nunca se pueden equivocar es en la aplicación de una gran disciplina y de una gran seriedad para dirigir su frontón. Jesús Azurmendi (Enero 2013)


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